sábado, 9 de mayo de 2015

Arqueología moderna

¿Ciencia o aventura?

Cada vez que tenemos referencias de algún descubrimiento arqueológico, surge en nosotros la dorada imagen de un personaje casi legendario: el arqueólogo, aventurero con casco de corche que, guiado por su infalible intuición y atravesando ardientes desiertos o pantanos, descubre los misterios de una ciudad perdida, colmada de tesoros, único testimonio de la existencia de alguna fabulosa civilización desaparecida. 
A menudo estos personajes tenían como única documentación los relatos de los nativos de la zona, quienes conocían por tradición la existencia de vestigios dejados por sus ancestros, o de poetas como Homero, que tan bien describió a Troya.
Pero los arqueólogos actuales son personajes muy diferentes de los Schliemann y los Carnarvon de la Arqueología Clásica, que son los que inflaman nuestra imaginación.
 Para tratar de comprenderlo, comencemos con una pregunta.




¿Qué es la Arqueología?

Es el estudio de las culturas desaparecidas a través de sus restos materiales. No olvidemos que cuando decimos culturas nos referimos a todo aquello que ha sido creado por el hombre, y que engloba tanto a los objetos materiales como a las costumbres, formas de vida, visión del mundo, arte, etcétera. 
Gran parte de los restos materiales resiste el paso del tiempo en forma de vestigios,que primero fueron recogidos por coleccionistas y, lentamente, comenzaron a servir como datos del pasado.
Mucho cambió la Arqueología desde la época de Boucher des Perthes, coleccionista de antigüedades prehistóricas en el siglo XVIII. Ahora se usan métodos exactos que permitieron componer cuadros mundiales correlativos de la prehistoria, y que participaron de la Física, la Química, la Geografía y otras ciencias.




Venus de Willendorf



Cerámica neolítica



Piedra para moler alimentos



Hacha del paleolítico     






La prehistoria americana encierra muchas obras de gran valor
para conocer el arte y las costumbres de los pueblos primitivos.
En la fotografía aparece El Castillo pirámide escalonada en
Chichén Itzá,ciudad de los mayas, en la península de Yucatán
en México.


Primera etapa: al campo

Aunque a veces se descubren yacimientos arqueológicos por azar, la búsqueda sistemática de los  mismos recibe el nombre de prospección, y si bien existen métodos para realizarla, actualmente los más usados se relacionan con la tecnología de muy reciente desarrollo. En efecto hay dos métodos que, como anteojos mágicos, nos permiten "ver" lo que permanece oculto bajo la tierra: la prospección eléctrica y la fotografía aérea. La primera trata de determinar los materiales que oculta el terreno de acuerdo a la resistencia que este ofrezca al paso de la corriente, y la segunda (interpretación de las fotos tomadas desde los aviones) se fundamenta en la distinta coloración que muestra la vegetación de acuerdo con el tipo de ruinas o materiales que permanezcan sepultados debajo.



Con el pico y la pala...

Ha llegado el momento de excavar, y se hará con el mayor cuidado. No es para menos, ya que todo lo que sea movido de su lugar previamente a su registro por el fotógrafo o el dibujante puede ser irremediablemente arruinado para su correcta interpretación. Para ubicar los vestigios que vayan apareciendo se realiza un plano cuadriculado, así como se cuadrícula la excavación misma. Estando cada cuadricula numerada, la pieza recogida, después del registro fotográfico, es rotulado apropiadamente y luego es cuidadosamente embalada para su transporte al laboratorio.
Una expedición arqueológica ideal debe incluir, además del dibujante y el fotógrafo, a un químico experto en la conversación de los vestigios. y un geólogo diestro en ubicar las diversas capaz sedimentarias. En la realidad, pocas veces se reúne este grupo especializado, y debe ser el arqueólogo mismo el que abarque todos los conocimientos mencionados; por ejemplo, poder bañar en cera los fragmentos deshechos, para transportarlos sin romper la disposición original, como hizo sir Leonard Woolley en Ur, Sumeria, rescatando así para la posteridad los restos de una ciudad de 3000 años más antigua que Cristo.


Excavación en la provincia de Henan, China.
En un  yacimiento grande la excavación se realiza mediante el
método Grid, es decir dividiendo el terreno en cuadrados, entre
los que se dejan delgadas paredes-testigo sin escavar para tener
la sucesión de estratos siempre a la vista y poder ubicar y datar
los objetos hallados.


En el laboratorio, traductores del pasado

La importancia de los restos arqueológicos está en relación directa con la interpretación correcta o incorrecta que se haga de los mismos. Ur, el primer caso, los vestigios arqueológicos serán como emisarios del pasado que han trasmitido su mensaje con claridad; para ello, no sólo se debe analizar el resto arqueológico propiamente dicho, sino la matriz de tierra que lo incluye.
Aquí hacen su aparición ciencias como la sedimentología, que se ocupa de los exámenes analíticos de la tierra, y la palinología, disciplina que surgió a partir de los estudios de Lagerheim y Von Post, sabios suecos que en 1910 descubrieron que el polen vegetal conservaba su envoltura quitinosa durante milenios, dándonos idea así de cuál era la flora predominante en tiempos muy remotos, y en consecuencia las oscilaciones del clima a lo largo de milenios.


Ubicación en el tiempo: lo que va de ayer a hoy

Sin duda alguna, la antigüedad del yacimiento es uno de los más apasionantes enigmas que debe resolver el laboratorio. Uno de los métodos más utilizados para ello es la estratigrafía, fundamentada en la sucesión-antigüedad de las capas sedimentarias. Su principio básico indica que, no ocurran accidentes posteriores que lo desvirtúen, en una sucesión de capas sedimentarias tal como aparecen en excavación, las más antiguas serán las más profundas, y las más nuevas, más superficiales. Por lo tanto, si un sitio ha sido ocupado por el hombre en diversas etapas del desarrollo de la humanidad, en la excavación aparecerán distintas capas que, al hacerse más y más profundas, incluirán vestigios de agrupaciones cada vez más remotas en el tiempo.
Las fechas para fijar los objetivos encontrados son realmente asombrosas. Por ejemplo puede conocerse la edad de un árbol por los anillos que aparecen en su sección transversal, y en base a su desigualdad, conocer el clima de la región, ya que el crecimiento es mayor en épocas calurosas.
La física atómica presta a la Arqueología sus métodos referidos a la alteración de los cuerpos radioactivos. Los vegetales poseen una clase de carbono radioactivo, el carbono 14, que absorben la atmósfera y que pasa al cuerpo de los animales, herbívoros y omnívoros con la alimentación. Cuando el animal muere comienza a perder radiactividad con un ritmo constante hasta transformarse en carbono 12 o carbón común. Cada 5570 años, la mitad de carbono 14 que había inicialmente se transforma en carbono 12: por lo tanto podemos fichar con exactitud carbones o huesos carbonizados de un yacimiento arqueológico de acuerdo a la cantidad de carbono radiactivo que le reste. El mismo se desintegra del todo a los 70000 años.
El método del potasio-argón nos permite fechar restos más antiguos, puesto que el potasio 40 se transforma en argón en un período de 1300000 años.
Los hallazgos deben situarse en su contexto general de vida, y por eso la arqueología une las distintas ciencias y a los distintos investigadores para realizar una tarea en común, cuya misión fundamental es revivir el pasado.

Cabezal de un arpa hecha de oro y lapislázuli.
Esta magnífica pieza fue desenterrada por el arqueólogo
sir Leonard Woolley, en la ciudad de Ur, en la antigua Sumeria



La maquina del tiempo 

Es indudable que si comparamos a los primeros arqueólogos con los actuales, pensaremos que éstos han ganado en sabiduría y exactitud y perdido en magia. Pero no olvidemos que para transformar los fríos datos que emanan de los documentos en relatos comprensivos de hechos de la vida humana hace falta una notable intuición, además de conocimientos, y buena dosis de imaginación, además de exactitud. En los presentes trabajos de arqueólogos y prehistoriadores observamos todo esto y mucho más: ellos logran insuflar vida a los restos milenarios y organizarlos en un nivel de explicación que nosotros recibimos como si una maquina del tiempo nos trasportara a los albores de la humanidad. ¿Acaso el sentimiento de maravilla que embarga al arqueólogo moderno en su descubrimiento no tendrá algo de asombro sagrado que alelaba a los primeros nativos que penetraron el misterio de las tumbas faraónicas? ¿Su emoción aventurera no se asemejara a la de Schliemann rastreando el épico camino de los poemas homéricos? 












Pensamos que si, pero además, ahora está presente la posibilidad de entender la realidad pasada con más certeza y autenticidad, lo que nos demuestra que una vez más la voluntad indomable del hombre nos permite el acceso a las regiones de los desconocido.

Sarcófago de Tutankamón, hallado por el arqueólogo inglés
Howard Carter en 1922.

                                   


Estatua de Apolo y ruinas de la  ciudad de Pompeya, Italia
                                            

Máscara del siglo VII encontrada en Sutton Hoo, Inglaterra.
                                    


Pintura rupestre en las cuevas de Lascaux, Francia, destinadas a
asegurar el éxito en la caza.




Escriba zapoteca hallado en Cualiapán, México.








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