viernes, 21 de febrero de 2020

La telaraña: una astuta obra de ingenieria

¿Cómo puede una araña alimentarse de insectos voladores si ella no vuela? ¿Cómo perseguirlos y atraparlos en su vertiginoso y zigzagueante vuelo? Sin embargo, la naturaleza, para mantener el equilibrio biológico, necesita que eso ocurra y para ello dotó a la araña de la suficiente habilidad y de la astucia necesaria para que pudiera hacerlo. Y he aquí la telaraña, una delicada y silenciosa arma que la araña esgrime con increíble maestría.

He aquí un espectáculo maravilloso. El rocío de la noche ha caído
sobre la telaraña, dándole un enigmático y bello aspecto.



¿Cómo fabrica la araña sus hilos de seda?

La seda es una secreción líquida que producen las glándulas sericígeras, ubicadas en el abdomen, y que sale al exterior por una gran cantidad de pequeños conductillos ubicados en las hileras de la araña. Al ponerse en contacto con el aire, esta secreción se solidifica con notable rapidez. Cada hebra de seda está compuesta por varios hilos paralelos que la araña va engrosando o no.

Anatomía de la araña
Fuente



El operativo red

Tomaremos como modelo a la araña denominada Epeira, que es una de las más conocidas. No siempre la araña puede llegar por medio de su locomoción normal, o sea caminando, al lugar deseado para hacer su red, pero para conseguirlo se vale de un gran aliado: el viento. La araña fabrica un hilo de seda, lo deja balancear hasta que, impulsado por el viento, el hilo se adhiere al punto elegido. Una vez que el hilo está fijo en la orilla, la araña cruza por él colgándose de las patas, a medida que lo va reforzando agregándole más seda. Ha comenzado a fabricar su red. La hábil Epeira termina lo que será la estructura básica de su tela: un marco de forma triangular que le permitirá darle a la trampa unos 15 cm de diámetro.
Los hilos son más largos y que hacen a veces de cables de tensión, convenientemente reforzados, tienen en este caso unos 75 cm. Después, la araña tiene 21 radios y cierra luego el marco con un hilo reforzado. Nuevos radios (del 22 al 33) unen ya el centro de la tela con el marco. Otros vienen a reforzar y consolidar la trama. La cantidad de radios son ahora en total 44 y la estructura básica ya está terminada.
Sobre tan delgado pero resistente andamiaje, y desde el centro hacia afuera, la araña teje ahora una espiral; al llegar a la línea circular número 14 cierra el circuito amarrándola a la línea 11 y comienza a tejer otra espiral desde afuera hacia adentro, pero esta vez con un hilo pegajoso, donde quedará atrapada su víctima.
Al llegar al centro hace un agujero en el cual se esconde a esperar pacientemente. Como la araña, a pesar de tener ocho ojos, no ve muy bien de lejos, advierte la presencia de su presa al sacudirse la tela; entonces sale de su escondite y, abalanzándose sobre ella, la envuelve en hilos de seda hasta inmovilizarla mientras le clava sus poderosos quéliceros; comienza luego a absorber, a chupar su presa hasta dejarla totalmente seca.

Fases de la construcción de una telaraña.
Fuente




No todas las arañas tejen el mismo punto

La telaraña que teje la Epeira es algo así como el tejido de punto más fácil, pero existen otras especies que hacen su tela de modo muy distinto y en lugares diversos.
Por ejemplo: la araña de agua (Argyroneta aquatica) y lo encierra en su nido submarino, que es una verdadera campana de seda.
La araña de cinco manchas (Uroctea Durandi) teje su tela para resguardarse de la intemperie, dándole la forma de una verdadera carpa de campaña, donde fuertes y tensos hilos de seda reforzados hacen las veces de "vientos" y mantienen así sujeta su carpa a una piedra.
La telaraña de la Agena es, por el contrario una tela amplia y densa, que ella teje en sentido horizontal y que, al estar apoyada sobre la hierba, invita a los insectos a reposar en ella.
Las arañas se distinguen en dos grandes clases: las sedentarias y las vagabundas. Estas últimas no tejen telas y ambulan ocultándose en las grietas de paredes y en las cortezas de los árboles o en pequeñas madrigueras a la espera de su ocasional y desprevenida presa.

Aquí vemos distintas especies de arañas. La famosa Tarántula (N° 1),
la llamada Viuda Negra (N° 2), la Tejedora Dómestica (N° 3) y la
Migale o Araña Pollito (N° 4), que llega a medir hasta 9 cm de
longitud y que es capaz de matar lagartos y pequeños pájaros.



El vuelo de bautismo de la pequeña araña

Muchas veces, las pequeñas arañitas, recién salidas del huevo necesitan separarse de sus hermanas para procurarse comida y un mejor medio donde desarrollarse, pues no siempre el alimento abunda para todas, y entonces ponen en práctica un original sistema para trasladarse volando hacia otros lugares.
Como siguiendo un raro instinto heredado, la pequeña araña trepa por los árboles, maderos o paredes hasta llegar a un lugar bien alto. Una vez allí se agarra por sus tarsos del soporte elegido y comienza a dejar salir de sus hileras un largo hilo de seda. Cuando la arañita siente que el viento comienza a sacudirlo con fuerza, lo corta y, agarrándose de él con sus patas, se deja arrastrar por el viento, que, al llevar el resistente pero delicado hilo, la transporta muchas veces a varios kilómetros de distancia. El viaje termina al chocar y adherirse el hilo a un obstáculo (un árbol, etc.) y allí la pequeña viajera comienza su vida.
Esos pequeños e insensibles hilos son los que muchas veces sentimos que nos tocan en la cara cuando atravesamos un bosque o un jardín. Los franceses los denominan fils de la vierge (hilos de vírgenes), mientras que en otros países se los denomina como "babas del Diablo".

"Babas del Diablo" cubriendo un campo.



jueves, 20 de febrero de 2020

La maldición de Tutankhamón

Tal vez convenga recordar por qué los egipcios embalsamaban los cadáveres y rodeaban a sus muertos de diversos objetos que utilizaran en vida. La vida después de la muerte tenía para ellos gran importancia, en especial en el caso del faraón, considerado como una divinidad. Los egipcios creían que el ser humano era un compuesto de cuerpo, alma y de un tercer elemento llamado ka, idéntico a la persona pero inmaterial. Con la muerte, el alama se desprendía del cuerpo y emprendía un viaje al país de los muertos, donde comparecía ante un tribunal de dioses y era juzgada para recibir su premio o su castigo. Pero el ka comenzaba su existencia propia junto al cadáver. De ahí la necesidad de mantener el cuerpo, embalsamándolo, y de colocar en el sepulcro distintos objetos.

Máscara funeraria de Tutankhamón, considerada como el
más bello retrato de orfebrería de la historia.




El comienzo de la aventura

Corría el año 1922. Hacía ya algún tiempo que una expedición arqueológica, dirigida por Howard Carter y Lord Carnarvon, realizaba excavaciones en el Valle de los Reyes, cerca de Tebas (Egipto). En este lugar se habían encontrado restos de sepulcros reales, pero no se creía que existieran nuevos túmulos. Por fin, el importante hallazgo de un escalera que se hundía en la tierra. Ese fue el comienzo del más trascendental descubrimiento de la arqueología egipcia. Y, también, de una curiosa historia: la de la maldición del faraón.

Lord Carnarvon y Howard Carter.



El joven faraón

Hablemos ahora de un joven faraón, que murió a los dieciocho o diecinueve años. Su nombre era Tutankhamón, y reinó entre los años 1359 y 1349 antes de Cristo. La historia no nos habla de grandes hechos en el Imperio Egipcio durante esos años. Tutankhamón subió al trono a los nueve años, y al morir fue enterrado con los ritos y ceremonias que los egipcios determinaban en el culto de los muertos. Su reposo no fue turbado durante milenios y la cámara mortuoria se salvó de los ladrones que ávidamente buscaban apoderarse de los tesoros  depositados en los túmulos de los personajes importantes. La tentación era demasiado grande: riquezas fabulosas despertaban la codicia de los propios súbditos de los faraones, y así fueron violados los sepulcros, uno tras otro, casi siempre poco tiempo después de haber sido sellados. ¿Qué contenía realmente la tumba de un faraón? Howard Carter y su mecenas Lord Carnarvon serían los encargados de revelar la incógnita.

Howard Carter trabajando en el sarcófago.



El tesoro de Tutankhamón

Lord Carnarvon era un distinguido caballero inglés, deportista y trotamundos, apasionado coleccionista de antigüedades y dueño de una considerable fortuna. Howard Carter era un arqueólogo de vasta cultura, que ya había dirigido importantes excavaciones. La asociación de estos dos hombres tuvo trascendentales consecuencias. Carter y Carnarvon comenzaron las excavaciones en el Valle de los Reyes en 1917. Diversos indicios guiaban a Carter en sus trabajos, en los que se unieron el rigor científico y una empecinada esperanza. Por fin, en 1922, el hallazgo de una escalera. Con cada escalón que se desenterraba crecía la expectativa. Al terminar la escalera, una puerta cerrada; algunos sellos estaban rotos, y otros intactos. Al parecer, el sepulcro había sido violado y nuevamente sellado. Tras la puerta, un corredor y una segunda puerta. Cuando fue abierta, las lámparas arrancaron maravillosos reflejos de un trono de oro, vasos de alabastro y cofres ricamente decorados, llenos de piedras preciosas. Allí estaban las armas y los carruajes de Tutankhamón, y estatuas con la reluciente serpiente sagrada en el frente. En una cámara lateral se encontraron nuevos objetos, amontonados en desorden, como si los ladrones hubieran sido sorprendidos en su tarea, abandonando el rico botín. Y aun más: una tercera puerta en la antecámara, con los sellos perfectamente intactos.

Plano de la tumba de Tutankhamón.



La pared de oro

Carter no realizó una labor apresurada, era necesario ordenar y clasificar los preciosos objetos, recurrir al consejo de los especialistas antes de moverlos o aun tocarlos. Por fin, todo estuvo listo para abrir la tercera puerta; atrás, una pared... ¡de oro! Y esa pared era nada menos que una enorme urna que contenía el sarcófago. Esta cámara estaba cubierta enteramente de oro, con signos mágicos para proteger al difunto. Una puerta baja comunicaba con la cámara del tesoro, con joyas y preciosas ofrendas. En el interior de la urna, la momia del faraón, dentro de varios sarcófagos encajados entre sí. Los tres últimos tenían la imagen del faraón representado como dios Osiris, en madera dorada y oro 22 quilates.
La momia de Tutankhamón estaba cubierta por una máscara funeraria de tamaño natural, de oro macizo y piedras preciosas. Bajo los vendajes, joyas, amuletos y puñales; uno de estos últimos era de hierro, metal precioso en el antiguo Egipto por ser prácticamente desconocido. Ahora puede comprenderse mejor por qué los saqueadores antiguos y modernos enfrentarían cualquier riesgo con tal de penetrar en la tumba del faraón.
Y, sin embargo, quizá lo más conmovedor en medio de aquel regio esplendor fue una guirnalda de flores secas, tal vez el adiós de la joven esposa del faraón.

Howard Carrter, ante la urna dorada.




La maldición del faraón

Largos años demandó a Carter el estudio de los preciosos objetos hallados en la tumba de Tutankhamón, que enriquecieron notablemente nuestros conocimientos sobre la antigua civilización del Nilo. Este paciente esfuerzo nada tiene que ver con una curiosa historia, nacida de la superstición y alimentada por una prensa ávida de sensacionalismo: la de la maldición del faraón. Esta supuesta maldición estaba dirigida contra los que profanaran su tumba, y habría alcanzado a unas veinte personas que participaron en la expedición. No hay que olvidar que, en la historia de la arqueología, ningún hecho recibió tanta popularidad como el hallazgo de la tumba de Tutankhamón. En sólo tres meses del año 1926, el túmulo fue visitado por más de doce mil turistas. Pero el metódico y laborioso estudio de las piezas arqueológicas dejo de ser noticia para el lector profano....




Historias de fantasmas

¿Cómo surgió la leyenda? El punto de partida fue la prematura muerte de Lord Carnarvon, en 1923; se atribuyó el hecho a la picadura de un insecto venenoso, mientras que otras versiones hablaban de neumonía. Pero no faltó quien se refiriera a un castigo reservado a los profanadores del sepulcro. Los diarios publicaron el fallecimiento de alrededor de veinte personas vinculadas con la expedición. Fue especialmente comentada la muerte de Archibald Reid, medio hermano de Lord Carnarvon, que se suicido en 1929. Al año siguiente murio Lady Carnarvon, víctima de una "picadura de insecto". También fueron encontrados muertos el secretario de Carter en la expedición y muchos otros que la prensa se encargo de rastrar.
¿En cuánto de estos casos era real la vinculación con la expedición o misterioso el motivo de la muerte? Es difícil decirlo; fue el propio Carter el que salió al paso de los rumores, calificando de "historias ridículas" todo lo referente a la maldición del faraón. Alude a la falta de gérmenes o gases venenosos en el túmulo, y a la ausencia de todo sentido común en atribuir causas sobrenaturales a esas muertes. En pleno siglo XX, época de increíbles avances científicos y técnicos, el hombre se dejaba fascinar una vez más por una nueva versión de las viejas historias de fantasmas.

Brazalete real, con la figura de un escarabajo en lapislázuli.



Riqueza para la humanidad

Lo cierto es que al llevar las antigüedades a los museos, el arqueólogo esta velando por su conservación. Dejándolas donde fueron encontradas, tarde o temprano serían botín de ladrones, lo que equivale a su pérdida irreparable. Todo aquello que fue hallado en el sepulcro de Tutankhamón enriqueció no sólo al Museo de El Cairo, sino a la humanidad entera, con un caudal de conocimientos que no excluye el respeto debido a todo ser humano, en este caso un joven faraón que vivió hace más de tres mil años. 

Trono de Tutankhamón.

Detalle del respaldo del bello trono taraceado,
representando al faraón y su joven esposa.

Sillón ceremonial.






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miércoles, 19 de febrero de 2020

No todos los ojos ven igual

El sentido de la vista es quizás el más importante para los animales. Les permite ver al mundo que los rodea, descubrir su alimento, advertir un peligro. Pero lo curioso es que no todos los animales ven igual o, si miran las mismas cosas, las ven de manera diferente. Al comparar los ojos de los animales comprobamos, una vez más, la sabiduría de la naturaleza, que da a cada ser lo necesario para sobrevivir.





El órgano de la visión

El ojo es el órgano principal del sentido de la vista, que, como una ventana abierta, le permite recibir del exterior las sensaciones luminosas. En los invertebrados, como los equinodermos, los ojos son simples manchas pigmentarias; los insectos tienen dos tipos de ojos: los simples y los compuestos. Los cefalópodos, como el pulpo, poseen un órgano visual muy desarrollado, y en los peces la córnea aparece achatada para evitar lesiones cuando nadan y también para facilitar su avance, pues el ojo convexo ofrecería mayor resistencia en el agua.
Las aves tienen ojos grandes y alargados en dirección anteroposterior, y están dotadas de un mecanismo de acomodación para ver a grandes distancias o desde enormes alturas a sus presas. Los gatos ven bien en la oscuridad gracias a la forma especial de su pupila, que se puede dilatar mucho, y a las características de su ojo interno, que posee capas que reflejan la luz, lo que hace que las pupilas de este felino brillen en la oscuridad. Los ojos del topo, mamífero de vida subterránea, son muy pequeños, ya que el animal casi no los necesita. Y así, si recorremos la amplia y variada escala animal, encontraremos una cantidad bastante numerosas de ejemplos cuya diversidad nos resultaría tan sorprendente como admirable. Veamos, comparativamente, el caso del ser humano, del pulpo y de los insectos.

En su camino desde los ojos hasta la nuca (donde está el centro
óptico), la imagen de un objeto hace el siguiente recorrido:
1) El ojo, que es como la cámara fotográfica, recoge la imagen
óptica y la envía en forma de corriente a la profundidad del cerebro.
2) En el tálamo óptico, la imagen es elaborada y enviada
a los lóbulos occipitales.
3) En el centro óptico, las células de la corteza cerebral toman
conocimiento de la imagen.
4) El conocimiento y el reconocimiento de un objeto se producen
cuando la mente busca en el archivo de los recuerdos ópticos una
imagen que ha quedado allí grabada, y entonces vemos. 



El ojo humano: una máquina fotográfica

El ojo humano es una verdadera maravilla y funciona de modo similar a la máquina fotográfica. En realidad, debe decirse que el hombre inventó la maquina fotográfica copiándola del ojo.
El globo del ojo está formado por varias capas que desde el exterior al interior se llaman esclerótica, coroides retina. La parte anterior de la esclerótica se halla reemplazada por una membrana transparente, la córnea, detrás de la cual se encuentra el iris con un orificio central, la pupila. Detrás del iris se encuentra una lente, el cristalino, que concentra los rayos luminosos sobre la retina.
El funcionamiento del ojo humano es semejante al de la máquina fotográfica. El iris actúa como el obturador que regula la cantidad de la luz que entra por el orificio de la pupila. El cristalino es como la lente que concentra los rayos sobre la retina o película sensible. En ella se representan las imágenes de los objetos en forma invertida. El nervio óptico de cada ojo se encarga de transmitir las imágenes hasta el centro óptico del cerebro.





El ojo humano es una máquina fotográfica que toma dos fotos al mismo, una en color y otra en
blanco y negro. Esto es posible porque en la retina hay dos clases de células: los bastoncillos,
que captan sólo en blanco y negro, y los conos, que captan colores. En el punto ciego no hay
bastoncillos ni conos, y por allí sale el nervio óptico que transmite las imágenes al cerebro.



Así ve el ser humano

La imagen que capta el ojo sigue un camino hasta llegar al centro de la vista o centro óptico del cerebro: solo entonces "vemos".
Si una imagen (por ejemplo, un gatito o una flor) se halla a los lados del campo visual del ojo, o sea de la superficie que abarca el mismo, se proyecta en la mitad interna del ojo y es transportada por las fibras nerviosas internas cruzadas a las mitades opuestas del cerebro. Las imágenes que han proyectado ambos ojos son elaboradas por los centros ópticos y es entonces cuando realmente vemos.

Las fibras nerviosas que transmiten las impresiones
luminosas se entrecruzan más atrás de los ojos. Como
consecuencia de ello, el lado izquierdo del cerebro registra
los estímulos provenientes de objetos que se hallan a la
derecha del campo de visión y viceversa.



Así ven los pulpos

En la escala de los invertebrados, el ojo del pulpo es el más avanzado y se parece al de los seres humanos. La diferencia está en que la retina tiene menos receptores; por lo tanto, la imagen que se forma es menos detallada y más pequeña. Además, se ha comprobado que los pulpos distinguen ciertas formas y no otras, pues sólo son capaces de medir el ancho y la altura de las cosas.

Ojo de pulpo



Los ojos de los insectos

La gran mayoría de los insectos tienen dos tipos de ojos: los simples u ocelos y los compuestos o facetados. Los ojos simples están dispuestos en el centro de la frente y son, generalmente, dos o tres. Los compuestos, como su nombre lo indica, se componen de pequeños ojos en forma de tubo alargado. la superficie exterior de cada uno de ellos posee una cara o faceta en forma de hexágono -semejante al tallado de un brillante- y, en el interior, una lente o cristalino y la retina o membrana para recoger las impresiones luminosas.
El conjunto forma la córnea o membrana transparente externa, que es convexa, abultada y constituye el ojo compuesto. El número de tubitos que forman el ojo compuesto es variable; ciertas hormigas tienen 9, la mosca 400 y la libélula 28.000.

A través del microscopio, veamos los detalles agrandados de
la estructura del ojo de un tábano.
Fuente de la imagen




Así ven los insectos

Como cada tubito tiene una lente, la luz que penetra por ellos graba en la retina una parte del objeto que mira el insecto. Para "ver" el total se forma una imagen "en mosaico", es decir fragmentada, y por eso diferente de la humana, que es continua. Además, los ojos de los insectos están adaptados a su medio de vida y, por lo general, captan mejor lo que está en movimiento que lo que está en reposo.



Los insectos... ¿distinguen los colores?

Los naturalistas han realizado muchísimas experiencias para saber si los insectos distinguen el color de las flores y de otros objetos. Los descubrimientos realizados mediante miles de pruebas son realmente asombrosos. Así, hoy se sabe que la abeja y otros insectos no distinguen bien el color rojo, y cuando se acercan a flores de este color lo hacen pues las mismas reflejan luz azul que los insectos pueden captar. Además , son sensibles a los rayos ultravioletas, que nosotros no podemos percibir.



Una extraña forma de ver

Las almejas y los gusanos tienen una extraña manera de "ver" los detalles de las cosas. Estos invertebrados ven la luz de manera semejante a nuestra forma de percibir el calor. Ellos poseen en la piel lo que se llama "sentido difuso de la luz", o sea terminaciones nerviosas que les permiten saber si están en la luz o la oscuridad, pero no pueden distinguir los detalles de los objetos.



La naturaleza es sabia

Nunca nos cansaremos de repetirlo: la naturaleza provee a todos los seres de lo que necesitan para sobrevivir. No es extraño, pues, que los animales, tengan uno o más ojos, de modo que en caso de accidente o lesiones en uno de ellos puedan ver con el otro.




Imagen 1: visión del ser humano
Imagen 2: visión del pulpo
Imagen 3: visión de un insecto


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martes, 11 de febrero de 2020

El reloj biológico

El ser humano ha inventado, a lo largo de la evolución de la civilización, métodos para medir las dimensiones habituales del espacio: longitud, anchura y altura (por ejemplo el metro, el pie, la yarda, etc.), y también ha tratado de medir la dimensión olvidada: el tiempo, por medio de relojes como el de sol, el de agua, el de arena y los más perfeccionados de péndulo, electrónico, etcétera.
Todos los seres vivos, desde los microscópicos hasta los grandes árboles o los mamíferos, tienen dimensiones, es decir tamaño, y también duración, es decir tiempo. Si la forma y el tamaño son invariables para cada especie de seres vivo, es porque están genéticamente determinados. ¿Por qué, entonces, no habría de estar también determinada la secuencia de su funcionamiento biológico en el tiempo?
Sin ninguna duda, el continuo transcurrir de los días y las noches y de las estaciones en su constante sucesión cíclica influye en funciones tan primordiales como la vigilia y el sueño, el celo y la reproducción, el apetito, las migraciones e, inclusive, en cosas tan superiores como el estado de ánimo de las personas.

Antiguo reloj de arena.

Reloj de sol.





Los ritmos del planeta

Siempre nos han preocupado algunas preguntas: ¿En qué se dan cuenta los animales migradores que ha llegado el momento de iniciar el viaje? ¿ Por qué mecanismo florecen los duraznos o los cerezos siempre en el mismo mes? Cómo saben las aves que ha llegado la primavera y, con ella, la época del celo y de hacer nido? Para nosotros es fácil ubicar las estaciones mirando el almanaque; no lo sería tanto si pretendiéramos guiarnos por el estado del tiempo, pues en nuestras latitudes puede haber días de más de 20 grados de temperatura en pleno invierno y otros muy fríos y aún con granizo en pleno verano. En algunas regiones podría pensarse que el comienzo de las lluvias, la época de los vientos monzones en el sudeste asiático o la estación seca pudieran influir en este ciclo biológico, pero aun estas temporadas son de duración y comienzo o finalización muy variables.
Evidentemente tenemos, que buscar en un fenómeno más general y fijo la posibilidad de reconocer las estaciones; es decir, saber para una determinada comarca la posición aparente del Sol. Si nos fijamos en un globo terráqueo, observamos que a ambos lados del Ecuador están las lineas que marcan los trópicos: el de Cáncer al norte, que pasa por el paralelo 23 5 de latitud norte, y el de Capricornio, que pasa por el paralelo 23 5 de latitud sur. Oscilando entre ambos paralelos como  desplazamiento máximo y variando lentamente entre ambos, a lo largo del año, hace su viaje aparente el Sol. En realidad, es la inclinación del plano en que se traslada alrededor del Sol, lo que permite esta oscilación y crea las estaciones. Cuando el sol tiene su punto más alto (cenit) en el trópico de Cáncer, es verano en el hemisferio norte e invierno en el sur y sucesivamente a la inversa. Esta secuencia lleva 6 meses, entre el momento en que el Sol ocupa el punto más alto en el cielo del mediodía y el momento que ocupa el más bajo en el horizonte de ese mismo lugar, también a mediodía; el resto del tiempo se está alejando o acercando al cenit.

La Tierra gira sobre sí misma y alrededor del Sol describiendo una órbita
elíptica. La inclinación del plano ecuatorial de la Tierra, respecto al plano en que
se traslada alrededor del Sol, es lo que crea las estaciones. Por eso hay épocas de
mayor o menor intensidad y duración de la luz solar, y este fenómeno es el que
produce los ritmos biológicos de cada ser vivo.



La influencia de la luz (horas luz)


Si asociamos la sucesión de días y noches con la de las estaciones, podemos observar que en primavera comienzan a alargarse las horas de luz y a acortarse las noches hasta llegar al máximo de horas de luz el día que el almanaque indica que comenzó el verano, y ésa es la noche más corta. Es decir, el Sol está más tiempo presente en el cielo (sale antes por el este y se pone muy tarde por el oeste) y, al mismo tiempo, está muy alto, casi vertical, al mediodía; esta situación se llama solsticio de verano (en esta época, durante el día, hay muchas horas de luz solar y ésta es, además, muy intensa).
Ocurre a la inversa entre el otoño y el invierno: la noche es más larga, y el día es más corto, pues el Sol está poco tiempo presente y su luz tiene menor intensidad; es aquel en que comienza el invierno: solsticio de invierno
Es esta modificación, creciente o decreciente de la intensidad y duración de la luz solar, el fenómeno desencadenante de los ritmos biológicos periódicos. Cuando el Sol llega a determinada altura en el horizonte de un lugar y su luz dura, con una intensidad particular, un cierto tiempo crítico, se desencadena un fenómeno biológico en determinada especie de seres vivos: por ejemplo, florece una variedad de árboles, inician su migración las golondrinas, cambia sus plumas el canario, o muda el color del pelo el zorro, o se echa a invernar la tortuga. No escapa a nadie que hacia la primavera, en general, nos ponemos de mejor humor y hacemos más planes que en el invierno, a pesar de que aún puede estar el tiempo frío o el clima es lluvioso o muy variable. 
Si ahondamos más la observación, es sencillo comprobar que hay una adecuación perfecta de los seres vivos las variaciones diarias de luz y sombra. En general, los animales se disponen a dormir y se acomodan en sus nidos o madrigueras cuando cae el Sol, pero a esa hora comienzan a despertar y a salir los animales de hábitos nocturnos, que en cambio se retiran a descansar cuando comienza la claridad de la madrugada. 





También en el ritmo hay individualidad

Los fenómenos descritos son absolutamente generales, como es general la forma de una especie; pero así como los individuos de una misma especie son semejantes entre si, pero no iguales, tal ocurre con los ritmos: hay individuos que se despiertan algo más tarde y otros son más madrugadores, y la jornada concluye más precozmente para los primeros y es más prolongada para los segundos; es como si algunos tuvieran su reloj natural adelantado o atrasado respecto al término medio de los demás. Esto constituye una particularidad, que individualiza a cada ser vivo y debe ser respetada. Gracias a este fenómeno se observa una diferencia de varios días entre la llegada de las  primeras golondrinas y la de las últimas.




Los ritmos biológicos

En 1935, el biólogo alemán Erwin Bünning descubrió la existencia de estos ritmos, que equivaldrían a la sincronización que periódicamente hacemos de nuestros relojes con la hora oficial . Todas las funciones fisiológicas de los seres vivos se hacen con una periodicidad diaria constante; si se divide el día en tres períodos de 8 horas cada uno, a partir del comienzo de la mañana (entre las 5 y las 7 horas), se ha podido comprobar que algunas hormonas segregan en gran cantidad en el primer período, menos en el segundo y casi nada en el tercero; otras a la inversa; la temperatura corporal varía con un pico mayor hacia el final del primer período y hacia el comienzo del tercero; el tono muscular es mayor hacia el final del segundo período; la capacidad de la memoria es superior hacia el comienzo del tercer período*; etcétera. A estas variaciones diarias se las ha llamado ritmos circadianos.
Un número creciente de hombres de ciencia se está dedicando al estudio de estos fenómenos, que constituyen la cronobiología, y las primeras, difíciles y muy elaboradas experiencias de estos pioneros están comprobando que la periodicidad de las funciones está fijada en las células del organismo, del mismo modo que lo están el color de los ojos, la forma de las patas o la presencia de plumas en una especie determinada.
Evidentemente, antes que el hombre ideara el reloj, ya la materia viva utilizaba y fijaba el tiempo en su equilibrio inestable para perdurar. La necesidad que el ser humano siente de medir el tiempo, no es la expresión consciente de este mecanismo genéticamente establecido en sus propias células?


*La fotosíntesis de las plantas se hace más activa hacia el final del primer período, es muy activa en el segundo y decrece rápidamente durante el tercer período.

Erwin Bünning.