viernes, 24 de abril de 2020

Los monos de Nikko

O La discreción absoluta


Esculturas de Hidari Jingorō en el santuario Toshogu, en Nikko, Japón.



Nikko es una ciudad situada a 91 kilómetros de Tokio, capital de Japón. Es un pequeño centro de peregrinación enmarcado por un paisaje de ensueño y en el que se destaca la belleza de sus antiguos templos, lugares consagrados a la práctica de la vieja religión japonesa, el shintoísmo; también del budismo y el confucianismo. 
Y precisamente allí, en Nikko, refugiados en un santuario de madera refinada y primorosamente tallada, se hallan los monos cuyas actitudes enseñan, sin palabras, una profunda filosofía que se ha difundido por todo el mundo. Ellos quizá nunca imaginaron que su fama se extendería hasta lugares tan alejados en donde, a pesar de que no se habla su idioma, se comprende su mensaje. Porque los hombres se comprenden más allá de sus palabras.
Ese mensaje, escueto, pero expresivo, lo dicen con sus gestos y significa: taparse los oídos para no oír lo malo, taparse los ojos para no ver lo malo y taparse la boca para no hablar lo malo. Es la síntesis de la discreción y la bondad absolutas.
Los monos de Nikko tal vez nunca supusieron que un hombre delgado y de grandes anteojos, un hombre que sus contemporáneos aclamaron como el Maestro libertador de la India, Mahatma Gandhi, los tuviera entre las pocas pertenencias que adornaban su sencillo cuarto. 
¡Muchas veces se ha afirmado que los monos imitan al hombre en todo cuanto éste hace! Y, sin embargo, qué beneficios sentimientos de amor y humildad podrían alcanzar todos los hombres del mundo si en este caso, imitaran a los monos de Nikko.


Mahatma Gandhi